domingo, 9 de diciembre de 2012

Soledad


Nunca me sentí solo. He estado en una habitación, me he sentido suicida. Estuve deprimido, me he sentido horrible más allá de lo descriptible, pero nunca pensé que una persona podía entrar a una habitación y curarme. Ni varias personas. En otras palabras, la soledad no es algo que me molesta porque siempre tuve este terrible deseo de estar solo. Siento la soledad cuando estoy en una fiesta, o en un estadio lleno de gente vitoreando algo. Citaré a Ibsen: ‘Los hombres más fuertes son los más solitarios’. Nunca pensé: ‘Bueno, ahora va a entrar una rubia hermosa y vamos a follar, y me va a frotar las bolas, y me voy a sentir bien’. No, eso no iba a ayudar. Viste cómo piensa la gente común: ‘Guau, es viernes a la noche, ¿qué vamos a hacer? ¿Quedarnos aquí sentados?’. Bueno, sí. Porque no hay nada allá afuera. Es estupidez. Gente estúpida mezclándose con gente estúpida. Que se estupidicen entre ellos. Nunca tuve la ansiedad de lanzarme a la noche. Me escondía en bares porque no quería esconderme en fábricas. Eso es todo. Les pido perdón a los millones, pero nunca me sentí solo. Me gusta estar conmigo mismo. Soy la mejor forma de entretenimiento que puedo encontrar.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Vidrio - Kiko Veneno


El trapero va dibujando círculos por la manzana 
yo le preguntaría pero sé muy bien que no habla 
Las señoras me tratan amable me van a llenar de cintas 
y en lo profundo deep in my heart sé que no tengo salida 

Oh mama esto puede ser el fin. Esto puede ser el fin 
Atascado con el blues de Memphis sin poder salir 

Mona intentó mantenerme lejos de los ferroviarios 
no sabes me dijo que se beben tu sangre como el vino a diario 
Yo le dije que no lo sabía pero después tirando del hilo 
me acordé de aquél que una vez 
me dio un puñetazo en todo el cigarrillo 

Oh mama ... 

ya se murió la abuelita ya está enterrada entre las rocas 
pero la gente habla todavía de la pena que le toca 
Yo ya lo estaba viendo que iba de mal en peor 
últimamente la vi encendiendo candela por la calle mayor 

Oh mama ... 

El senador ha llegado enseñando la pistola 
mañana se casa mi hijo todo el mundo está invitado a la boda 
con el bajío que yo tengo todo lo malo a mí me pasa 
si voy seguro me cogen de marrón debajo de un camión y sin entrada 

Oh mama ... 

El hombre lluvia me dió dos remedios que aliviaran mi locura 
el primero era un remedio sureño el segundo ginebra pura
como un loco hice una mezcla que me estranguló el cerebro 
ahora veo a la gente más fea y he perdido el sentido del tiempo 

Oh mama ...

Anochece


     Después de cenar se lavó los dientes. Tras escupir la espuma blanca, le enseñó los dientes al espejo y los examinó. No se dio cuenta pero esa era la primera vez que sonreía en todo el día. A través de las cortinas vio un cielo azul oscuro, no negro, propio de los atardeceres del verano. La luna parecía una uña en la moqueta azul de un cielo sucio de nubes y salpicado de estrellas. Apaga todas las luces de la casa vacía. Se oye la nevera, y ella, bajo la única luz del pasillo, arranca los grumos de la lana de su jersey. De pie, con la barbilla pegada al pecho, arrancando lana de la lana. No está pensando, no siente nada, ni miedo, ni asco, ni sueño. Su cerebro funciona en piloto automático de tal manera que no existe más mundo que el jersey y sus grumos. Una mujer en un pasillo, en un bloque destartalado, en una ciudad arruinada. Podría estar mirando el techo, moviendo el café con una cucharilla o rascándose la piel hasta sangrar. No era consciente de sí misma ni del mundo, no ahora. Al fin apagó la luz del pasillo y, sin encender la lámpara de la habitación, se introdujo bajo la manta por los pies de la cama y se arrastró, como una oruga, hasta que la cabeza dio con la almohada.

jueves, 22 de noviembre de 2012

Vidrio

     El cuarto en el que Hemingway escribía era pequeño. Tenía una chimenea que encendía con unas ramitas de pino. Era una habitación alquilada que sólo utilizaba para trabajar. Por las mañanas se subía mandarinas y castañas asadas en bolsas de papel y cuando un cuento no arrancaba, se sentaba ante la chimenea y apretaba una monda de mandarina para ver el chisporroteo azulado producido por las gotas que caían sobre la llama. También miraba los tejados de París desde la ventana de su cuarto y pensaba: «No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas.»

Plástico



     No me hagas caso, me han roto el corazón. No veo una mierda con objetividad. Me conozco, aprendí a escuchar como un psiquiatra. Cuando hable con pasión es cuando menos puedes confiar en mí. En realidad es muy triste: toda la vida me han felicitado por la inteligencia, por la labia, por mis intuiciones. Malabares, después de todo.

Nunca me veo, ante los peldaños de la entrada, cogiendo la mano de mi hermana. Por ese motivo no puedo explicar los moratones que lleva en el brazo, donde acaba la manga. Me creo invisible, por ese motivo soy peligrosa. La gente como yo, en apariencia abnegada, somos los tullidos, somos los mentirosos: somos los que deberían ser descartados, si respetasen la verdad.

Cuando estoy tranquila, surge la verdad. Un cielo claro, nubes deshilachadas. De debajo de una casita gris azaleas rojas y de un intenso rosa. Si quieres la verdad, debes cerrarte a la hermana mayor, dejarla afuera: cuando se hace un dolor semejante a una criatura viviente, en sus más internos y profundos mecanismos, se alteran todas sus funciones.

Este es el motivo por el que soy digna de confianza. Porque una herida en el corazón, es también una herida en la mente.

martes, 20 de noviembre de 2012

Orgánico


       La madrugada que seguía a la apuesta nocturna, el paisaje había cambiado por completo. El gris de las ciudades, el marrón de los campos, el verde de los bosques, todo el rostro de esa parte del planeta que era su mundo había mudado sus colores al blanco. Y habían asistido juntos a ese espectáculo, no mirando por la misma ventana, ni siquiera en la misma habitación, pero habían convivido bajo la nevada sin apreciarlo.

A la mañana, los vecinos procuraban sal encima del hielo de las aceras. Y mientras el invierno lloraba frías lágrimas de desazón que bajaban por todas las calles de la ciudad, el joven se preguntaba porqué ese miedo al color blanco. El porque de que quisieran que sus aceras fueran grises en lugar de blancas se le escapaba entre el gorro y la bufanda.

Aunque bien visto, eso mismo habían hecho un par de días atrás, echar sal al hielo y nadar en el líquido salado. Agua salada, mar en esencia.

Agua salada, mar en esencia.

Así que las ciudaes y pueblos se habían convertido en ríos de agua salada que ir saltando para no dejar de quemarse bajo el poco y lúgrube sol de invierno.