viernes, 30 de noviembre de 2012

Anochece


     Después de cenar se lavó los dientes. Tras escupir la espuma blanca, le enseñó los dientes al espejo y los examinó. No se dio cuenta pero esa era la primera vez que sonreía en todo el día. A través de las cortinas vio un cielo azul oscuro, no negro, propio de los atardeceres del verano. La luna parecía una uña en la moqueta azul de un cielo sucio de nubes y salpicado de estrellas. Apaga todas las luces de la casa vacía. Se oye la nevera, y ella, bajo la única luz del pasillo, arranca los grumos de la lana de su jersey. De pie, con la barbilla pegada al pecho, arrancando lana de la lana. No está pensando, no siente nada, ni miedo, ni asco, ni sueño. Su cerebro funciona en piloto automático de tal manera que no existe más mundo que el jersey y sus grumos. Una mujer en un pasillo, en un bloque destartalado, en una ciudad arruinada. Podría estar mirando el techo, moviendo el café con una cucharilla o rascándose la piel hasta sangrar. No era consciente de sí misma ni del mundo, no ahora. Al fin apagó la luz del pasillo y, sin encender la lámpara de la habitación, se introdujo bajo la manta por los pies de la cama y se arrastró, como una oruga, hasta que la cabeza dio con la almohada.

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