El cuarto en el que Hemingway escribía era pequeño. Tenía una chimenea que encendía con unas ramitas de pino. Era una habitación alquilada que sólo utilizaba para trabajar. Por las mañanas se subía mandarinas y castañas asadas en bolsas de papel y cuando un cuento no arrancaba, se sentaba ante la chimenea y apretaba una monda de mandarina para ver el chisporroteo azulado producido por las gotas que caían sobre la llama. También miraba los tejados de París desde la ventana de su cuarto y pensaba: «No te preocupes. Hasta ahora has escrito y seguirás escribiendo. Lo único que tienes que hacer es escribir una frase verídica. Escribe una frase tan verídica como sepas.»
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