No me hagas caso, me han roto el corazón. No veo una mierda con objetividad. Me conozco, aprendí a escuchar como un psiquiatra. Cuando hable con pasión es cuando menos puedes confiar en mí. En realidad es muy triste: toda la vida me han felicitado por la inteligencia, por la labia, por mis intuiciones. Malabares, después de todo.
Nunca me veo, ante los peldaños de la entrada, cogiendo la mano de mi hermana. Por ese motivo no puedo explicar los moratones que lleva en el brazo, donde acaba la manga. Me creo invisible, por ese motivo soy peligrosa. La gente como yo, en apariencia abnegada, somos los tullidos, somos los mentirosos: somos los que deberían ser descartados, si respetasen la verdad.
Cuando estoy tranquila, surge la verdad. Un cielo claro, nubes deshilachadas. De debajo de una casita gris azaleas rojas y de un intenso rosa. Si quieres la verdad, debes cerrarte a la hermana mayor, dejarla afuera: cuando se hace un dolor semejante a una criatura viviente, en sus más internos y profundos mecanismos, se alteran todas sus funciones.
Este es el motivo por el que soy digna de confianza. Porque una herida en el corazón, es también una herida en la mente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario