La
madrugada que seguía a la apuesta nocturna, el paisaje había
cambiado por completo. El gris de las ciudades, el marrón de los
campos, el verde de los bosques, todo el rostro de esa parte del
planeta que era su mundo había mudado sus colores al blanco. Y
habían asistido juntos a ese espectáculo, no mirando por la misma
ventana, ni siquiera en la misma habitación, pero habían convivido
bajo la nevada sin apreciarlo.
A la
mañana, los vecinos procuraban sal encima del hielo de las aceras. Y
mientras el invierno lloraba frías lágrimas de desazón que bajaban
por todas las calles de la ciudad, el joven se preguntaba porqué ese
miedo al color blanco. El porque de que quisieran que sus aceras
fueran grises en lugar de blancas se le escapaba entre el gorro y la
bufanda.
Aunque
bien visto, eso mismo habían hecho un par de días atrás, echar sal
al hielo y nadar en el líquido salado. Agua salada, mar en esencia.
Agua
salada, mar en esencia.
Así
que las ciudaes y pueblos se habían convertido en ríos de agua
salada que ir saltando para no dejar de quemarse bajo el poco y
lúgrube sol de invierno.
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