martes, 20 de noviembre de 2012

Orgánico


       La madrugada que seguía a la apuesta nocturna, el paisaje había cambiado por completo. El gris de las ciudades, el marrón de los campos, el verde de los bosques, todo el rostro de esa parte del planeta que era su mundo había mudado sus colores al blanco. Y habían asistido juntos a ese espectáculo, no mirando por la misma ventana, ni siquiera en la misma habitación, pero habían convivido bajo la nevada sin apreciarlo.

A la mañana, los vecinos procuraban sal encima del hielo de las aceras. Y mientras el invierno lloraba frías lágrimas de desazón que bajaban por todas las calles de la ciudad, el joven se preguntaba porqué ese miedo al color blanco. El porque de que quisieran que sus aceras fueran grises en lugar de blancas se le escapaba entre el gorro y la bufanda.

Aunque bien visto, eso mismo habían hecho un par de días atrás, echar sal al hielo y nadar en el líquido salado. Agua salada, mar en esencia.

Agua salada, mar en esencia.

Así que las ciudaes y pueblos se habían convertido en ríos de agua salada que ir saltando para no dejar de quemarse bajo el poco y lúgrube sol de invierno.

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